Ejercicio Capítulo 1
La situación más desagradable que yo recuerdo tiene que ver con mi época de voluntario en una asociación de personas con discapacidad cuando tenía 19 años, en el año 1999. Un compañera y yo éramos voluntarios dentro del programa de ocio, encargados de salir los fines de semana con un grupo de personas con discapacidad intelectual que vivían en pisos de autonomía y acudían a un taller ocupacional los días de diario.
Durante nuestras salidas, varios de los miembros del grupo nos pedían reiteradamente ir a una discoteca a bailar y a "conocer chicos y chicas", así que nos pusimos nuestras mejores galas y una docena de nosotros acudimos a una discoteca famosa en nuestra ciudad donde ponían un poco de todo, principalmente pachanga.
Desde el primer momento comenzamos a sufrir discriminación directa y por asociación. Fue una situación muy desagradable, inicialmente por las miradas y comentarios que oímos, aún así intentamos abstraernos e ir a lo nuestro, bailar y tomar algo. Desde ahí todo fue de mal en peor, cuando fuimos a la barra la gente se apartaba, cuando varios pidieron cerveza los camareros cuestionaron si podían beber por ser como eran y en la pista de baile solo estuvimos nosotros porque nadie se acercaba a bailar dándonos un espacio inusualmente amplio.
Intentamos hacer como que no lo percibíamos y seguíamos pasándolo bien, bailando y dando un poco la nota, divertido hasta que observe como un grupo de chicos charlaban con uno de nuestro grupo con sindrome de down y con su novia. Cuando me acerqué a ver si se animaban a unirse a nosotros escuche como se mofaban delante de ellos sobre como mantenían relaciones sexuales, el tamaño de sus miembros sexuales o como no sabían ni besarse. Acabe discutiendo con ellos, me parecían gente deplorable, la discusión subió de tono y mi compañera se fue a buscar a los porteros de la discoteca.
Lo más increíble es que tras pedir a los chicos que se habían burlado de nosotros que se colocaran en otro sitio, el portero se giro hacia mí y me dijo que este no era sitio para "gente así", que al final nos íbamos a meter en un lio y que lo mejor es que nos fuéramos. Yo no cabía en mí de la rabia que me estaba generando la situación, le di mi opinión de los que el consideraba "gente así" y le dije que el grupo que tendría irse son los otros por ser precisamente "gente así". Finalmente decidimos marcharnos.
Camino a casa nos disculpamos con los miembros del grupo por la situación tan desagradable que habíamos vivido y por no habernos impuesto hasta que no echaran a esos impresentables. La respuesta de todos ellos fue abrumadora y demuestra el buen corazón que tenía ese grupo de chicos que nos juntábamos en aquella época. Todos ellos nos dijeron que fue uno de los mejores días de su vida, que se lo habían pasado como nunca y que estaban encantados por como habíamos bailado y reído todos juntos. "Tontos hay muchos, pero amigos de verdad muy pocos", nos dijeron, !nos emocionaron mucho esa noche!
Han pasado casi 25 años y la situación han cambiado mucho, la inclusión empieza a ser una realidad y este tipo de situaciones cada día son más singulares. Aún así muchos de esos chicos y otros con los que ahora trato me comentan que han sufrido, sobre todo en el ámbito escolar, multitud de situaciones de discriminación que les han hecho mella en su niñez y adolescencia. Creo firmemente que la forma de erradicar estas formas de actuar pasan por fomentar los espacios comunes de interacción, la normalización de la discapacidad y la empatía y el conocimiento del otro. La gente que consciente o inconscientemente discrimina lo hace por ignorancia y desconocimiento, se teme a lo que se desconoce y por eso se ataca.
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